La Caja de Pandora

Despedida.

Es extraño, que hace cinco minutos estaba publicando para dar mi opinión y ahora mismo he venido aquí para despedirme. Para despedirme de vosotros, pero también de mí. Y digo que de mí porque en este lugar encontré un sitio para ser yo misma, para decir las cosas como las sentía o como las pensaba en el momento justo. Era un sitio donde yo era capaz de hablar y opinar libremente sin ser analizada o juzgada por ello. Era un lugar de desasosiego, un lugar al que llegar, vaciar la cabeza y seguir para delante. Era mi rinconcito secreto, aquí era yo y nada más que yo, y bueno, también esas pocas personas que silenciosamente se acercaban a mirar sin decir nada. Pero este lugar fue perdiendo poco a poco la magia. Fue perdiendo privacidad e intimidad, fue perdiendo ilusión. Empezó a dejar de ser lo que sentía para pasar a ser lo que esperaba que sintiesen. Y no. No necesito otro sitio al que al llegar tenga que poner buena cara, necesito un sitio en el que pueda enfadarme, en el que pueda entristecerme, en el que pueda enamorarme, en el que pueda alegrarme…Un lugar donde poder tener altibajos sin que nadie examine cada reacción, cada palabra que dije o no dije.
No, no lo necesito. Y como no lo necesito, me voy.
Abandono a su suerte todas aquellas palabras que en un tiempo escribí a la espera de que algún día vuelva a desempolvarlas. Las dejo solas, a expensas de este mundo virtual, en el recuerdo tecnológico, por si alguien aún es capaz de encontrar en ella lo que busca, incluso si ese alguien vuelvo a ser yo.

Gracias, a vosotros y a este lugar en particular. Por haberme brindado durante tres años la oportunidad de ser yo misma.

Adiós.

 

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La libertad te obliga.

Hoy, por primera vez, me voy a salir de mis tan encasillados temas y tratar desde una opinión personal un tema que últimamente está a la orden de día; el aborto.
Mucho os preguntareis que voy a comentar yo sobre un tema tan trillado como este donde todo parece ser blanco o negro pero estos últimos días me han llegado comentarios sobre el tema desde diferentes lados y creo que yo misma sentía la necesidad de aclarar mis ideas y de justificar de algún modo mi pensamiento.

Antes de nada, he de decir que mi opinión es claramente a favor del aborto y en contra de aquellas actitudes extremistas. No pretendo convencer a nadie y mucho menos descalificar a ninguna persona, simplemente dar mi visión sobre este tema. Así que si hay alguien que sienta que va a ser atacado y que no esté dispuesto a tolerar mi opinión, está invitado a dejar de seguir leyendo ahora.
Gracias.

Dicho esto doy paso a mi reflexión.

No sabría como comenzar, o de que forma abordar este tema, quizá la forma adecuada sería comenzar hablando de la libertad en general.
La libertad no es otra cosa que la obligación de elegir. Cuando somos libres se nos abre un abanico de posibilidades dónde nosotros somos los que debemos de tomar la decisión. Ser libre no es fácil, más bien se podría decir que la libertad es un regalo con trampa. El problema de poder elegir es que podemos equivocarnos y cometer errores y, una vez hecha nuestra elección, nosotros somos responsables de ella y de los errores que se cometan. Lo fácil es que te digan en todo momento qué debes hacer, que te marquen tu camino, porque si algo no sale bien siempre tendrás a alguien a quien culpar.
Hace un tiempo leí sobre la paradoja de un hombre que padecía asma que fue puesto preso. La paradoja es que en la cárcel se le fue el asma. En la cárcel no hay opción. La libertad te da miles de opciones. La libertad te obliga a elegir. Una libertad te obliga. Ser libres es ser esclavos de nuestra elección, otra paradoja. Por ello, toda persona que quiera ser libre deberá hacerse cargo de lo que ha hecho, de lo que hace y de lo que hará.

Partiendo de este concepto de libertad, pienso que la mujer tiene el derecho y la obligación de elegir lo que quiere para su presente, para su futuro. Ella es la que debe de elegir si quiere ser madre o si no, si es capaz de criar a un hijo o si no, si quiere eso para su futuro e incluso, si puede darle un futuro a su hijo o si no. Más que nada porque al fin y al cabo, ella va a ser la única responsable de la decisión que tome. Posiblemente muchos dirán que esa elección, la de abortar, es un error, que se esta equivocando. Probablemente lo sea, probablemente se esté equivocando. Pero ese es el riesgo de elegir, que a veces aciertas y a veces te equivocas. Creo que podría decir casi con toda seguridad que a ninguna mujer le parece plato de buen gusto el hecho de perder voluntariamente a un hijo. No es una decisión que se toma a la ligera, es una decisión que se reflexiona, donde se valoran pros y contras y donde se evalúa todo no tan solo desde una perspectiva egoísta (“no quiero complicarme la vida en este momento”) sino más bien desde una postura más empática con el “futuro no bebé” (“¿Podré darle la vida que se merece? ¿Estoy preparada?”). Es una decisión que se toma desesperada ante un cambio inesperado.

La libertad te obliga, tu libertad te hace única responsable de tus actos. 

Y entonces, es cuando alguien contrarresta con un “¿Y qué pasa con la libertad del futuro no bebé? ¿No tiene él la misma libertad para elegir si quiere vivir o morir?” Y lo sería. Lo sería si ese aún no bebé fuese consciente de sus actos tal como dicta la ley. Toda persona es responsable de sus actos siempre que sea consciente de ellos y este, sin duda, no es el caso. Entonces ¿quién se debería hacer cargo de la libertad de ese futuro no bebé? Hay que tener en cuenta que no es tarea fácil, que se trata de decir si alguien debe morir o debe vivir. Es un poco como lo que pasa con las penas de muerte, ¿quién es verdaderamente capaz de juzgar quién merece vivir y quién morir? Es entonces cuando el gobierno y la Iglesia levantan corriendo la mano gritando “Yo, yo, yo”. Ya está, el típico listillo de clase que se cree superior a los demás. Una tímida madre levanta sutilmente su mano y en apenas un leve susurro pronuncia un escueto “Yo”. Iglesia y gobierno le lanzan una mirada desafiante a la pobre mujer. Y digo Iglesia no por situarme en contra del catolicismo sino como podría nombra al cualquier otra ideología o religión que atentase contra la libertad humana.

Así que yo os invito a pensar, partiendo desde la idea de que nadie es mejor que nadie y por tanto ninguna persona tiene la capacidad de juzgar sobre la vida de otra, ¿quién tiene más “derecho” a tomar la decisión por el futuro no bebé? ¿Un gobierno? ¿Una ideología? ¿Una religión? ¿Acaso van a hacerse ellos responsables de dicha decisión? ¿Van a hacerse responsables de las consecuencias que conlleva el decir “sí”? Creo que todos sabemos la respuesta. No. Y si no se hacen responsables…¿qué libertad tienen ellos de decidir sobre algo a lo que no están dispuestos a comprometerse?

La libertad te obliga, tu libertad te hace única responsable de tus actos. 

Por tanto, ¿qué necesidad tiene una madre de acatar una responsabilidad que no le corresponde? ¿Por qué debe hacerse cargo ella de las repercusiones de decisiones que ha tomado un gobierno al que ve corrupto e injusto, una ideología que no comparte o una religión en la que no cree? ¿Por qué? ¿Por qué se pretende imponer  en unos muchos el criterio de unos pocos?

La libertad te obliga, tu libertad te hace única responsable de tus actos.
Y ahora elige.
¿Qué quieres hacer? 

Sí, acepto.

“Cuando uno dice “si,acepto” ¿sabe en realidad qué es lo que está aceptando?
Hay mis amores, si supieran lo que aceptan cuando dicen “si, acepto”. ¿Saben realmente ustedes lo que es un compromiso?¿qué significa una pareja? Cuando dos personas deciden unir sus vidas, ¿qué están decidiendo?¿qué estan diciendo cuando dicen si, acepto? Comprometerse no es comprarse un par de anillitos de morondanga y andar, es jugarsela por el otro, pinte buena o pinte mala.
Al decir “si,acepto” uno está aceptando lo que ama del otro, pero también acepta lo que no le gusta del otro. Aceptar es dejarse amar, aceptar es un desafío. Es una aventura de dos, es dar sin especular con recibir, y es recibir sin sentir la necesidad de dar o la obligación de devolver esto que uno recibe. Esto tiene que ver con el deseo, el deseo de estar juntos, el deseo de unirse. Sé pocas cosas, pero todas tiene que ver con amar y ser amado, con respetarse y aceptarse, ninguna de ellas tiene que ver con someterse, sino con aprender y tolerar.

¿Será que amar no se trata de fundirse y perderse en el otro?, ¿será que se trata de dos individuos que crecen juntos?.Aceptar al otro, es tenerle fe, entender sus silencios y esperar sus señales. Para aceptar primero hay que conocer lo que se ve del otro y lo que no se ve, y así puedo decir te conozco, y porque te conozco te elijo, y porque te elijo te acepto , y porque me aceptas soy feliz.

También acepto la sorpresa, porque siendo dos al volver a casa, ya no encontraré todo como lo dejé, habrá otro, con su mundo, un mundo que engrandece el mio. Aceptar al otro, es aceptar lo mejor de nosotros mismos, porque quien nos elige, nos devuelve puro amor, amor por amor, y a semejante amor por supuesto le digo: si, quiero. “

La isla de Eudamón.

No es una opción.

Fue una de esas noches que vistas desde fuera y al tiempo solo se te ocurre decirte lo imbécil que eres. De esas que aún estando (físicamente) cerca nos empeñamos en poner distancia de por medio.
Aquella cama se volvió enorme y a mí no se me ocurrió nada mejor que acurrucarme en una esquina, apretando fuerte los ojos, con el deseo de que aparecieses tras mi espalda y me arrastrases hasta tu pecho, sin que importara más nada.
Pasaron las horas y yo me fui quedando dormida. Poco a poco la noche fue dando paso al día. Desperté. No habías vuelto e incluso estabas recogiendo todas tus cosas. Salí de la cama, orgullosa y fría, sin cuentas de ceder ni un ápice, sin variación alguna de la postura que había tomado anoche. Tropecé entonces con tu pared de hielo y, sin decir nada, fingí no inmutarme. Fue entonces cuando te vi, con el abrigo puesto y la maleta en el umbral de la puerta. No. No podías irte. No en ese momento, no de esa forma. Entonces agarré tu mano y comencé a hablar. Y ya sabes como soy, testaruda y orgullosa, y donde debió haber disculpas no hubo otra cosa que réplicas.
Silencio. Una maleta que rueda. Una puerta que está apunto de abrirse. Pánico.
Y un torbellino de recuerdos.

Papel de regalo, sorpresas. Una sonrisa. Besos. Más sonrisas. Más besos. 

“No te vayas”

Melena al aire, maquillaje en la cara, unos zapatos de tacón, un vestido, tu mirada, mi sonrisa, tu sonrisa. 

“No te vayas”

Luces de colores, una banda de rock, tu cuerpo sobre mi espalda, tus manos rodeando mi cintura, mi sonrisa. 

“No te vayas”

Una cama, sábanas revueltas, cuerpos desnudos, besos, risas, miradas, complicidad. Más besos. 

“No te vayas”

Una  cocina, mis manos, unos raviolis crudos, tu mirada, mi sonrisa, tu sonrisa. 

“No te vayas”

Una sala de cine, un paquete de palomitas, tus manos, mis manos, un beso entre medias. 

“No te vayas”

Granada, regalos, un árbol de navidad, un gofre de chocolate y nata, mis manos, tu risa, mi risa. 

“No te vayas”

De pronto, cual volcán en erupción, miles de recuerdos y momentos salen a la luz. No, no puedo perderte. No puedo perder todo eso. Te necesito. Te quiero aquí. Quédate. Abrázame. No me sueltes.

Las lágrimas comienzan a brotar y yo ya no puedo frenarlas.

Quédate”

Por primera vez en mucho tiempo estaba muerta de miedo. Sí, totalmente aterrorizada. Me asolaba la mera idea de perderte. Temblaba al pensar que ibas a salir por esa puerta y que no habría vuelta atrás. Estaba convencida de que si te marchabas, nada volvería a ser igual. Echaríamos por tierra todo aquello que poco a poco habíamos ido construyendo en estos once meses, que si te ibas Dios sabe cuanto tardaríamos en volver a vernos, y las cosas quedarían en el aire. Y ya sabes que pasa con esos asuntos que quedan sin zanjar, siempre salen a flote.

Lanzo una mirada hacia la mesa y veo sobre ella las cosas que te presté. Y no puedo dejar de llorar.

No, no puedes irte. Tienes que esperarme. Tengo que esperarte. Hasta que llegue ese momento en el que pueda amanecer contigo todos los días. Hasta que el mundo desde nuestra caravana se nos quede corto. Hasta que se me desgasten las pupilas de tanto mirarte y decirte que te quiero. Hasta que nuestros sueños dejen de serlo, y sean realidades. Hasta que…

Te abrazo fuerte, me enjugo las lágrimas en tu pecho, te aprieto contra mí y emito un leve susurro…

“No me sueltes”

Y una respuesta.

“No te voy a soltar”

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Así que te pido, pequeño gran amor de mi vida, que no me sueltes nunca.
“¿Nunca?” “Nunca.”

Te pido que sepas perdonarme siempre. Te pido que nuestras reconciliaciones estén llenas de besos, de amor y de complicidad. Te pido que me sigas queriendo tanto como hasta ahora. Te pido que tomes con humor mi tozudez. Te pido que sigas deslizando con pasión tus ojos sobre mi cuerpo. Te pido…más bien, te invito a que te quedes conmigo siempre.

No olvides que te quiero.
Una pequeña payasa muy cursi.

Perderte no es una opción.