La Caja de Pandora

Que qué se yo, que yo que sé.

Me acuerdo como anoche, mientras me duchaba, me venían a la mente mil cosas qué decirte y que contarte, de esas reflexiones espontáneas que aparecen en el momento más inoportuno. Quizá debí salir corriendo de la ducha, coger lo que sea que tuviese en la mano y escribir todo eso que estaba brotando en mi cabeza. Pero no lo hice, el calor que emanaba el vapor de agua y el placer de sentir esas ardientes gotas caer sobre mi piel helada era demasiado como para huir de allí. Tal vez debí escribirlas sobre el vaho que empañaba toda la mampara y hoy, con el calor y humedad de la habitación disuelta por completo, las palabras aún permanecerían allí más claras y visibles que nunca. Lástima no haberlo pensado antes. Antes de que este día nublado me embotase la cabeza y que salir del refugio que he creado con el sofá y una manta se convirtiese en la tarea más difícil de mi vida.
Entonces hago un esfuerzo, y me obligo a llevar mi cabeza al lugar donde la dejé ayer; a aquella ducha, a aquellos recuerdos.
Me acuerdo entonces que me pregunté si la gente llegaba a cuestionarse a veces si todo nuestro amor era real, incluso si tú llegabas a cuestionártelo muchas veces. ¿Dudarías alguna vez de la veracidad de tus sentimientos por mí? ¿Y de los míos? ¿Te tomarías en serio cada “te quiero” de mi boca o lo considerarías pura formalidad y/o rutina? ¿Nos tiene la gente por una relación seria? Sé que algunos lo hacen, y otros no.
Te imagino leyendo esto y frunciendo el ceño como diciéndome “¿Otra vez? ¿Otra vez poniéndome en duda? ¿Acaso no te he dejado ya claro que te quiero? ¿Cuántas veces más tendré que repetírtelo, que demostrártelo?” Yo sonrío y niego con la cabeza. No, no es eso. Lo sé, claro que lo sé.  Cómo no voy a saberlo si aún tengo en mis ojos el reflejo del fuego sobre tus pupilas, tu perfume acampando en mi pie y el esbozo de esa sonrisa resignada cada vez que usaba tu barriga como estufa privada para mis manos de hielo. Sonrío otra vez. Cómo voy a olvidar tus brazos rodeándome por la espalda y llenándome el cuello de besos, confirmando mi certeza de que no me soltarías jamás. Vuelvo a sonreír, esta vez con un ápice de melancolía en mis labios pues esto no hace más que recordarme cuanto te echo de menos. Es ahí donde está la clave. Distancia. Con ella justifican los demás sus recelos, a ella se acogen para alegar su incredulidad. Se atreven a tachar como imposible que dos personas sean capaz de amarse cuando las separan un puñado de kilómetros. Salto una carcajada bañada en odio cada vez que lo escucho.  Y se continúan diciendo que de ser tal vez una circunstancia momentánea no habría tanto problema pero por desgracia ese no es nuestro caso. Finalizan sentenciando que no puede existir pareja unida cuando siempre estuvieron separados. Yo río fuerte, con sarcasmo y les lanzo una de esas miradas increpantes, capaces de atemorizar hasta a un hombre de dos metros.
Qué sabrán ellos de distancia, si no son capaces de ver más allá de los números, de los metros y kilómetros reales que nos separan. Qué saben ellos, si no entienden la diferencia entre “estar cerca” y “sentirte cerca”. ¡Qué saben ellos!
No saben que me duermo entre tu ropa, que me despierto con tus fotos mirándome, que desayuno en tu taza, que me abrigo con tus guantes…No saben que estás adherido a mí, a mi vida, que te llevo a todos lados, que te tengo en todos lados. Que caes despacito de mi cuello y señalas discretamente mi corazón con aquello con lo que alguna vez hiciste música y hoy confirmas amor. Que no saben lo perdida que estaría yo ya sin ti.
Vuelvo hacia atrás leyendo mis palabras recién escritas. Las leo, no satisfecha del todo, porque de alguna me dejé llevar por lo poético y dejé a un lado lo más importante. Pero sé que tú lo has entendido y aunque prefieres las cosas dichas con más franqueza y naturalidad, hoy me lo perdonas. Porque me quieres. Porque yo también te quiero. Porque qué clase de novio serías si fueses capaz de castigarme por soltarte semejante cursilería. Sonrío al pensarlo e imagino que tú sonríes también y me miras con complicidad. Esa misma con la que me miras cuando intento, con sutileza, desabrochar el botón de tus pantalones. Me ruborizo al pensar todo lo que conlleva eso después.
Y ahora sí, con la sonrisa aún en mis labios, pienso en despedirme  ya porque sé que todas esas cosas con las que continuaría no están hechas para ser escritas en un papel. No, no están hechas, están para hacerlas.

Nos vemos pronto, guapo. 

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